Osvaldo Doimeadiós: No soy un transformista

El actor cubano Osvaldo Doimeadiós durante el ensayo de Josefina la viajera.

“Cada día alguien huye. ¿El mundo?: un enjambre de fugitivos”, asegura Josefina de Beauharnais. No se trata de la primera esposa de Napoleón, sino de una cubana a la que da vida el actor Osvaldo Doimeadiós en una puesta dirigida por Carlos Díaz sobre el texto Josefina la viajera, de Abilio Estévez.
Doimeadiós vuelve a encarnar un personaje femenino. A él se le atribuye el coming out del transformismo en la mojigata televisión cubana, cuando su personaje humorístico de Margot irrumpió en el desaparecido espacio Sabadazo a inicios de la década de los 90’s del siglo pasado; aunque ya en el grupo Sala-manca había asumido magistralmente roles femeninos.
Con aciertos y desaciertos, Margot abrió el debate sobre una práctica presente desde el teatro griego de la Antigüedad en la que los roles femeninos se encomendaban a hombres. Pero su empeño no quedó ahí, también de Abilio Estévez y bajo la batuta de Díaz, Doimeadiós interpretó a otra mujer en Santa Cecilia.
Como sentencia la Josefina cubana: “… no hay que ser fugitivo”. Y Doimeadiós no escapa: reta.
—Has contado que Margot nació, como otros de tus personajes para la televisión, en reuniones de amigos. Pero, ¿por qué Margot? ¿Por qué una mujer? ¿Cómo lo armaste? ¿Dónde la encontraste? ¿Qué buscabas?
—Aún cuando las cosas emerjan como juego, como divertimento, tienen una raíz. Desde pequeño me ha gustado imitar voces masculinas y femeninas. Pero intuyo que los personajes femeninos que he creado han sido el resultado de haber puesto más el oído que otros sentidos; y se han distinguido por eso. Esas viejitas y esas mujeres, que he interpretado y que han salido jugando, han sido esas voces que no podría precisar ahora de quiénes son, pero sí que en algún momento las he escuchado. Lo que he tratado de reproducir en los personajes son los giros melódicos, la fraseología, los dicharachos y el habla popular.
Ha sido desde la voz que he llegado a la raíz de cada personaje y luego concientemente para el teatro o la televisión he dicho: “si este personaje habla así, pues debe vestirse así, caminar así y poner las manos así”.
Por ahí he tratado de irlos armando: desde el juego hasta lo conciente. El propio nombre de Margot nace del chiste: “Margarita, pero hablando en el (M)argot popular”.
Por otra parte, los personajes dramáticos, como Santa Cecilia, han sido más concientes, no tan de juego, con una guía como la de Carlos Díaz, que ha sido la persona que más ha explotado esa arista dentro del teatro cubano.
Santa Cecilia fue otro proceso de búsqueda de la identidad cubana, de la nación, de otras cosas más raigales que tienen que ver con nuestra idiosincrasia, con la cubanía y con nuestras costumbres porque era un personaje femenino que recogía la historia de la nación en cien años o más, y de alguna manera tratamos de apropiarnos de otros personajes significativos dentro de la cultura cubana que nos podían servir de patrones o referencia.
—Margot debuta en Sabadazo, un espacio en la televisión cubana, conocida tradicionalmente por su conservadurismo y por su participación en el llamado proceso de parametración de la década de los 70’s del siglo pasado. ¿Por qué fue este un buen momento para la proliferación de este tipo de personajes en la televisión?
—En Sala-manca, a fines de los 80’s, había hecho algunas caracterizaciones, junto a  otros actores como Leonardo y Jorge Luis. Como éramos hombres los que estábamos en el grupo, asumíamos los personajes femeninos. Era una experiencia del teatro humorístico. Pero, cuando empieza Sabadazo, (Julio) Pulido me propone un personaje femenino.
Ahí le presenté a Margot, de la que ya tenía su voz, y empecé a ver cómo vestirla, aunque ya la había concebido e, incluso, me imaginaba su cuerpo. Y, realmente, salió el primer día de grabación.
—En Sabadazo eran evidentes los prejuicios hacia la homosexualidad. Sin embargo, algunas personas lo ven como la aparición del tema transgénero en la televisión cubana. ¿Qué opinas?
—Sabadazo nació como un divertimento muy anárquico. Quizás no dijimos las cosas que queríamos escuchar, con todo el tino, pero por lo menos hubo otras que funcionaron. Fue un momento.
—Personas espectadoras afirman, sin temores, que eres el único humorista hombre al que le quedan bien los “papeles de mujer”. ¿Te consideras un transformista? ¿Por qué?
—No soy un transformista. Me considero un actor, quizás por las motivaciones que tiene mi trabajo.
En mi caso, me concentro más en la historia que va a narrar el personaje. Me interesa más la historia que la perfección de que no se me vea un pelito, aunque cuide del maquillaje. A mí no me importa tanto que la gente vea que es un hombre el que está interpretando un personaje femenino porque de alguna manera hay una convención que el público acepta, pero no me interesa crear la ilusión de que hay una mujer. Son dos móviles diferentes, ambos posibles y respetables.
— ¿Interpretaría Doimeadiós a Margot en un show de transformistas en Cuba como el de El Mejunje, en Santa Clara?
—En El Mejunje he hecho varias cosas, incluso, Santa Cecilia se puso ahí. He compartido la noche y la actuación con artistas transformistas de este espacio inclusivo.
Con El Público también he hecho cosas como el cabaret alemán y el cabaret francés y he compartido el escenario con Jimmy Jiménez, Estrellita, que es un transformista excelente.
Quizás la motivación del público que va a este tipo de espectáculos también sea otra porque van a ver a hombres que apuestan a aparecer con otra voz, con otro cuerpo…, y fabrican la magia de ver eso.
— ¿Has tenido que enfrentarte a la homofobia cubana de a pie e institucional por causa de estos personajes?
—Hay patrones culturales muy establecidos a nivel de la sociedad. Pero al hacer mis personajes desde el humor, me ha sido más fácil llegar al espectador que a un actor que hace un personaje dramático. Eso me ayudó a romper esa barrera.
Ha habido una mirada esquiva hacia eso. De hecho, en Sabadazo hubo cierto comentario de un sector de la televisión. Enseguida yo planté y me dejaron seguir adelante.
Recuerdo que, cuando hacíamos Santa Cecilia, le pedí a un taxista que me trajera hasta la calle Línea y me dijo: “Te voy a llevar. Pero ese espectáculo que estás haciendo vestido de mujer en el Trianón… La gente habla”. Ni siquiera había visto la puesta.
Sin embargo, en términos generales, en el balance de estos años ha sido mayor el nivel de aceptación que el de rechazo.
Yo lo asumo sin complejos. No me preocupa lo que la gente piense en ese sentido. No soy como esos actores que terminan de hacer un personaje femenino, se quitan la peluca y dicen: “Pero yo soy macho”.
La gente no acepta al transformista sólo porque lo sea, sino por lo bien que lo haga. Creo que ahí estaría la esencia: cuando no hay arte en ello, se genera más rechazo.
— ¿Qué tienen de particular estos personajes femeninos en tu carrera como actor?
—Esos personajes me han complicado un poco la vida a la hora de diferenciarlos porque, una vez que eso funciona, todo el mundo quiere que hagas personajes femeninos y son las ofertas de trabajo que te llueven y te crean un corsé.
Muchos directores me llaman para hacer otros personajes femeninos y me gustaría aventurarme en otros proyectos para no repetir la fórmula y salirme de lo habitual.
Por ejemplo, la gente me pregunta por qué no ven a Margot. La hago en el espectáculo Aquí cualquier@ porque no entierro a mis personajes. Pero necesito refrescar un poco y que otros tomen la delantera. Es como un maratón.
—El relato Fíchenlo, si pueden, de Virgilio Piñera; la novela “Paradiso”, de José Lezama Lima; el poemario “Lenguaje de mudos”, de Delfín Prats y el  poema “Vestido de novia”, de Norge Espinosa; el cuento “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”, de Senel Paz y su versión cinematográfica, “Fresa y chocolate”; la “Trilogía de Teatro Norteamericano”, de Carlos Díaz y “Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini”, de Carlos Celdrán, son hitos más recientes en la literatura, el cine y el teatro con temática gay en Cuba. ¿Cuál ha sido el papel del arte en la transformación de estereotipos machistas, misóginos y homófobos?
—Ha influido muchísimo. Citas una zona en la literatura de Piñera, de Delfín, de Lezama, de Norge o de Reinaldo Arenas. Pero quizás esos escritores hayan sido más del consumo de una elite cultural, que no significan que no sean leídos, pero se quedan en una zona más restringida. Ya la televisión, el cine y el teatro abren la puerta a más gente.
El trabajo de Carlos Díaz ha sido fundamental en la destrucción de estos estereotipos. Desde el arranque de la Trilogía… este tema empezó a aparecer con arte, con acierto y empezó a mover la discusión de género o transgénero para actualizar problemáticas de una dinámica social cubana y contemporánea.
En Carlos es una línea que ha mantenido durante mucho tiempo como personajes que forman parte de un entramado social, familiar, como algo normal.
Siempre nos reímos porque a Carlos se le cataloga como el transgresor. Es cierto. Pero su transgresión ha sido normal, común, porque de lo contrario también habría discriminado.
Se suma el trabajo de El Mejunje y el del Cenesex, que han roto muchas barreras en la discusión de este tema.
Pero, a veces me parece que hemos ido al extremo —como somos los cubanos que o no llegamos o nos pasamos— de señalarlo tanto que lejos de apoyar, la gente ha hecho hasta rechazo. Pienso que es un trabajo permanente que tiene que hacer la sociedad para ser más inclusiva con los grupos sociales o con cualquier discusión de género, de raza, de religión…
—Estuviste involucrado en la jornada cubana contra la homofobia  el pasado 16 de mayo, aunque no llegaste por problemas familiares. ¿Qué te anima a participar en este tipo de evento?
—El hecho reviste una responsabilidad cívica de cualquier individuo que está en este medio para con las personas que históricamente han sido relegadas o situadas en la periferia de la sociedad. Incluirlas nos hace ganar a todos. Es importante que nuestros hijos crezcan sin los prejuicios culturales y dogmáticos que tuvimos sobre nuestras cabezas. Es pensar en los que vienen detrás.
Lo hago también por respeto y por la voluntad de derribar muros. No por el hecho de que los tolere, porque eso sería otra manera de excluir, sino porque se integren orgánicamente a la vida de este país.
— ¿Qué opinas de los cambios promovidos por el Cenesex a favor de la inclusión de las personas lesbianas, gays, transgénero y bisexuales (LGTB)?
— Tengo tres hijos y una unión de años porque creo en la pareja. Creo que la unión consensuada entre dos personas es lo que le da razón a una relación; no el matrimonio legalizado porque te lean todos los artículos. Pero si alguien quisiera casarse, como lo hacen las parejas heterosexuales, que tenga la opción.
Además, hay otros aspectos más pragmáticos que tienen que ver con herencias y  propiedades que de resolverse aliviarían mucho el camino para personas que han tenido una vida en común y llegado cierto momento son despojadas, a veces, por familiares o por otras personas. Eso debía protegerse desde otros órdenes y debía existir una voluntad política de favorecer eso.
El cambio de identidad de género para mí es mucho más complejo porque lo veo irreversible. Me preocupa la masividad, eso de que todo el que quiera… Aunque respeto la voluntad de estas personas y habría que concederles el derecho.
En torno a este tema aún tengo más dudas y más preguntas que respuestas.
— ¿Cómo va Josefina la viajera?
—Es difícil por la acumulación de otros personajes femeninos ya identificables por los espectadores, y trato de desmarcarme.
Por otro lado, el texto es el bastante complejo. Están los otros componentes de Santa Cecilia; aunque, por suerte, creo que el trabajo va por otro camino. Me siento como si estuviera aprendiendo a actuar ahora.
Hay algo medio esquizoide en el personaje y su relación con sus otros yo. Tiene mucho que ver con la diáspora, con la fantasía de los cubanos de viajar el mundo, no sé si por el complejo insular.

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