Y en eso llegó Fidel o el transformismo de resistencia (1959-1968)

El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante ironizaba sobre la revolución cubana diciendo que la mejor canción que la definía era la compuesta por el trovador Carlos Puebla, que reza: “Se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar”.

Si la diversión se refería a la industria del sexo, la corrupción y el juego, tenía razón. Estos fueron vistos como rezagos de un pasado colonial,  herencias yanquis, contra las que había que luchar sin tregua.

El transformismo entró también en la lista, estigmatizado como manifestación pública, “escandalosa”, de la homosexualidad y anclado también en una homofobia implantada ya a todos los niveles de la machista sociedad cubana.

—“Hubo un contrapunteo con los homosexuales. Y creo que no puede desligarse toda la represión a esta comunidad del diferendo Cuba-Estados Unidos”, asegura Torres.

Cuentan que a inicios de la revolución, la locutora de Radio Rebelde en la Sierra Maestra, Violeta Casal, desde el sindicato de espectáculos, ordenó a los transformistas vestir las prendas asignadas a su sexo biológico.

Muchos transformistas que actuaban en sitios estatales, expropiados por el gobierno revolucionario, se refugiaron en las aún privadas carpas circenses, hasta su embargo durante la llamada Ofensiva Revolucionaria.

— “Los travestis contestaron actuando vestidos como Lola de la película “El Ángel Azul”, de Marlene Dietrich, con frac, bombín, pero maquillados, con pelucas y tacones altos, hasta que apareció en la revista Bohemia una foto de Mitsuko con un escote que dejaba ver sus senos naturales

—todavía a años de las glándulas y siliconas— y el sindicato ordenó prohibirlos en los sitios estatales, provocando que emigraran a las carpas (de circo) para más tarde tener que exiliarse o retirarse cuando fueron confiscadas”, puntualiza Santiago, en su artículo “El último telón”.

Musmé fue vetado en 1961 y emigró a Estados Unidos. Aseguran que aún vive. Algunos como Jorge —bailarín cubano retirado, residente en España—, sostienen que la han visto en Nueva York, incluso que la han visto actuar recientemente.

Mientras, Manolito Mayland devino, tras las prohibiciones, en modisto de una diva del transformismo y los gay en Cuba: Rosa Fornés.

Pero no todos se fueron o se retiraron de las tablas. La vedada actividad teatral se desplazó entonces a hurtadillas a casas privadas, en zonas de la periferia de la capital. Relatan que se reunían a escondidas para interpretar clásicos del ballet.

En esos espacios particulares también fueron víctimas de homofobia y transfobia. Sufrieron consecutivas redadas policiales a partir de denuncias de vecinos y transeúntes. Muchos resultados apresados y los que lograron escapar relatan historias de estampidas increíbles.

La más famosa de estas cacerías, en 1962, se conoce como la “noche de las tres P”, contra prostitutas, proxenetas y “pájaros” —como se llama despectivamente a los gays en Cuba. Su triste fama se debe no sólo a las dimensiones del operativo, sino a que entre los detenidos figuraba el escritor cubano Virgilio Piñera.

El 19 de noviembre de 1965 lo habituales calabozos se convirtieron en las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), campamentos de trabajo agrícola a donde fueron a parar unas 25.000 personas religiosas, homosexuales y contrarios a los ideales revolucionarios, fundamentalmente jóvenes en edad militar.

Fue en las UMAP que el transformismo volvió a tomar fuerza en un secreto a voces.

Tras cortar caña o realizar cualquier otro trabajo agrario y en condiciones calificadas de insalubres, el arte devino entretenimiento.

Y pese a la férrea vigilancia militar, se creó una red encargada de dar la voz de alarma cuando se acercaban los guardias en sus rondas cotidianas o por requisas realizadas a partir de denuncias de informantes.

—“Al principio teníamos una red de aviso para cuando se acercaban los guardias. Al poco tiempo, cuando los jefes de la unidad se ausentaban, los espectáculos se hacían con la anuencia reclutas y oficiales de menor rango”, cuenta uno de los recluidos en una de las unidades situadas en la oriental provincia de Camagüey, a más de 500 kilómetros de La Habana.

Homosexuales marginales, procedentes de clases medias, bajas y pobres o del mundo carcelario, se unieron a la homosexualidad educada, refinada e instruida.

Actores, bailarines, artistas plásticos, escritores, músicos, periodistas…, apodados “finas”, favorecieron “a que las manifestaciones culturales formaran parte de la vida diaria de los siniestros campamentos”, afirma  Santiago.

Para el dramaturgo, autor de la farsa “El loco juego de las locas”, la “interrelación humana, necesidad de sobrevivir y común represión, creó un clima más solidario y propicio” para que reviviera “el travestismo teatral del remedo de la figura típica de la ‘feminidad cubana’, la innata sensualidad criolla… y la iconografía de la cultura popular con múltiples elementos kitsch”.

—“Las primeras manifestaciones fueron: ‘Contar la película’, una forma de entretenimiento traída por los prisioneros de las cárceles de delitos comunes, tan magistralmente plasmada en “El beso de la mujer araña”, del escritor argentino Manuel Puig, publicada en 1976 y prohibida durante la dictadura argentina (1976-83).

“…Pronto la manera de aunar en un mismo acto a diversos ‘conocedores’ de las películas, dejó lugar a verdaderas representaciones donde se improvisaban los diálogos muy a la manera de la commedia dell’arte, pero totalmente fieles al argumento de la película”, recuerda Santiago.

Las representaciones de las bodas heterosexuales, “viaje de luna de miel” incluido, eran otro tipo de teatralidad “marcadamente subversiva”, según el teatrista.

Santiago reseña que en Chambas, municipio de la actual provincia de Ciego de Ávila, existía una escuela de ballet que puso El Lago de los Patos y Gisela en Camagüey, parodiando a los clásicos El lago de los cisnes y Giselle.

La pérdida de la identidad que implica ser llamado por el número de entrada al campamento, resultado de regímenes militares, estimuló el uso de apodos copiados de actrices y cantantes famosas, que no sólo prestaron sus nombres sino también sus personalidades y características físicas.

—“Rosita Fornés la 66, María Félix el 2, Toña la Negra el 7…, ejemplifica Santiago.

La aparición de varias dobles de una misma figura, imitadoras a veces perfectas de sus iconos femeninos, dio lugar a festivales competitivos en los que se premiaba las mejores interpretaciones.

Sin embargo, el mayor aporte a juicio de mis entrevistados fueron las copias de los espectáculos de cabaret, considerados por Santiago “la forma más perfecta del entretenimiento en los campamentos” y la semilla del transformismo que conocemos hoy en la isla.

—Apegados fielmente al acto de variedades con un opening, cantantes, vedettes rumberas, declamador, bailarines, coro de modelos, artista internacional invitado y gran final, revive Santiago.

Cualquier celebración proscrita o no, sirvió para que, pese a la férrea disciplina militar, toallas, sábanas, mosquiteros y sacos de diferentes materiales se convirtieron en copias de glamorosos vestidos. Los tintes fueron medicamentos como el mercurocromo o violeta de genciana o bijol. Las lentejuelas, espejos o cristales pegados con almidón. Las sogas se volvieron pelucas. Las gorras militares y medias, sombreros cabareteros adornados con celofán y plumas de aves, hojas secas y flores silvestres.

El maquillaje provenía de la bolsa negra, de las visitas de familiares y de los pases que se otorgaban a los recluidos. La escasez hizo que el polvo saliera de ladrillos, que el talco con bijol fuera una base, que las flores colorearan los labios y las mejillas, que el rimel se trocara en betún de zapatos y hollines mezclados con manteca, y la loción de calamina permitiera la existencia de geishas.

El “respaldo musical” se apoyaba básicamente en la percutir cajas de madera, latas, cucharas, guatacas, palos y la voz. En las UMAP, todo estaba previsto, desde telones y hasta los camerinos.

Pero las críticas dentro y fuera de Cuba a estos campos también auguraban su cierre, que ocurrió definitivamente en 1968.

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