Transformismo revolucionario (1968-1997)

Si el transformismo en las UMAP floreció como una especie de teatro de resistencia, también heredó de su confinamiento más lastres.
Por si fuera poco, la revolución cubana instauró en 1972 la “parametración”, para aquellas personas que no cumplieran los parámetros establecidos por las resoluciones del Primer Congreso de Educación y Cultura, celebrado en 1971.
Las autoridades afirmaron que “no es permisible que por medio de la calidad artística reconocidos homosexuales ganen influencias que incidan en la formación de nuestra juventud (…) Se sugirió el estudio para la aplicación de las medidas que permitan la ubicación en otros organismos de aquellos que, siendo homosexuales, no deben tener relación directa en la formación de nuestra juventud desde una actividad artística o cultural…”.
“Se debe evitar que ostenten una representación artística de nuestro país en el extranjero personas cuya moral no responda al prestigio de nuestra revolución. Solicitar penas severas para casos de corruptores de menores, depravados reincidentes y elementos antisociales irreductibles”, añadieron.
Entonces, la emigración fue una de las opciones. Pero no la única.
Los encuentros en casas privadas siguieron caracterizando esta historia. También, el jabón de lavar para tapar las cejas, las sombras con polvo de bandejas de aluminio, desinfectante de heridas como coloretes, y el betún como maybelline.
Aunque fundamentalmente representaban clásicos del ballet, también doblaban y algunos como Las Yolandas cantaban con su propia voz.
Cuentan que existen dos filmes de esa época: “El discreto encanto del transformismo”, de Daniel Fernández, que en 45 minutos mostraba todo el proceso de transformación hasta el show, y “Un episodio en la vida de Truca Pérez”, de Tomás Piard. Ambas cintas fueron confiscadas por la Seguridad del Estado, según contaba Fernández al diario El Nuevo Herald en 1996.
Sin embargo, sería otra vez el confinamiento el que daría vida al transformismo hecho en Cuba. A fines de los 80’s. Los sanatorios, establecidos por las autoridades de salud pública para la reclusión obligatoria de personas seropositivas al VIH (virus de inmunodefiencia humana), fueron verdaderos centros de transformismo.
En el más antiguo y famoso sidatorio cubano, en Santiago de las Vegas, nació Gunila von Bismarck, personaje creado por el enfermero Guillermo Ginestá tras su reclusión en esta institución. A Ginestá se le atribuye el renacimiento de esta manifestación artística en la isla, heredada del teatro vernáculo.
No obstante, habría que esperar a la década de los 90’s para verlo fuera de encierros.
Es en el centro cultural santaclareño El Mejunje que se desató la era del transformismo. Corría el año 1992. Los protagonistas: el promotor cultural Ramón Silverio y la compañía Futuro.

—“Alberto, fundador de la compañía, me pidió hacer un homenaje a Freddy Mercury, tras su muerte en 1991. Quería recrear el mundo y el ambiente de Mercury. Por eso se le pidió a la gente que fuera disfrazada. No era un espectáculo de transformistas. Pero acudió mucha gente de vestida de mujer. Ese fue el embrión”, narra Silverio.

Luego vendría un espectáculo de transformismo que siguió el estilo de Contacto, un programa de televisión de la época.

—“Humberto Toscano hacía la conducción como Raquel Mayedo e invitaba a gente diversa, también a transformistas, y se entrevistaban”, recuerda.

Pero en El Mejunje surgió también el premio a la belleza travesti, conocido como Miss Travesti Santa Clara.
Hacia 1993, personas entrevistadas aseguran que existían cerca de 100 transformistas que se presentaban en diversos espacios de La Habana, agrupados en compañías como Todos estrellas.
En 1995, aun año de la muerte de Ginestá, sonó en La Habana su homenaje. El teatro América prestó su escenario el 28 de febrero para elegir a Miss Gunila entre 9 travestis concursantes, ante 1.700 espectadores.
El jurado estuvo integrado por los escritores Miguel Barnet —autor del cuento Fátima o el Parque de la Fraternidad— y Senel Paz —guionista de “Fresa y Chocolate” y autor del cuento en que se basaba el filme— y la cantante Soledad Delgado.
Tres décadas después de su veto reaparecían los transformistas en teatros y cabarets estatales, más allá de las paladares y el mundo diseñado para el turismo extranjero. Ahora, al prejuicio sobre su supuesto origen presidiario se sumaría la pandemia del VIH, con el discriminatorio cartelito de enfermedad homosexual.

Es este año se presenta en el Festival Internacional del Nuevo Cine de La Habana, “Mariposas en el andamio”, un documental del fallecido Luis Felipe Bernaza, sobre la vida de transformistas en el barrio periférico de La Güinera.
Tras la controversia, Bernaza comentó a El Nuevo Herald que “el gay y el transformista se han convertido en la conciencia crítica de la sociedad. Son los que han tomado la batuta. Por eso el pueblo los apoya. El negro, el obrero, el santero, el cristiano que ha sido perseguido, todo el que va a un espectáculo de travestis, los apoya, porque se apoyan a sí mismos. Todos son minorías tomando conciencia”.
Esas llamadas minorías sexuales lograron agruparse clandestinamente en la Organización Nacional de Entendidos (ONE) activa de 1996 a 2001, según Tomás Fernández Robaina en su texto “El proyecto revolucionario y los homosexuales”.

—“La ONE surge estrechamente vinculada al movimiento espontáneo que se generó cuando por no haber lugares de entretenimiento para los entendidos u homosexuales, pues en muchos de esos sitios había que ir por parejas de hombre y mujer, comenzaron a efectuarse fiestas los fines de semanas en algunas casas de las playas, o en determinadas casas en la Habana, en ocasiones en azoteas.
“En esos espacios, como forma de atracción, además de las bebidas y la música que se ofertaban, comenzaron a presentarse espectáculos artísticos en los cuales los travestis dedicados al arte de la imitación, se realizaron doblando, no siempre magistralmente, a las cantantes más populares del ayer y de hoy, nacionales y extranjeras”, recuerda Fernández Robaina.

Aunque no todo fue desmitificante en los 90’s. Mientras esto ocurría sin gran divulgación y se eliminaba la referencia a la homosexualidad en el Código Penal, la televisión cubana presentaba Sabadazo, un programa transmitido en horario estelar, “donde los personajes homosexuales y travestis aparecían diseñados como caricaturas para hacer reír a los televidentes”, recuerda Fernández Robaina.
En agosto de 1997, otro escándalo sacudía a la comunidad gay: la policía cubana realizaba una redada de grandes proporciones contra centenares de gays que participan en la fiesta de El Periquitón de Marianao, un famoso club gay clandestino, centro del transformismo en La Habana.
Entre los presentes, se encontraban el cineasta español Pedro Almodóvar, la transexual Bibi Andersen y el modisto francés Jean Paul Gaultier.
La acción policial se salda con cientos de detenidos, que son llevados a estaciones de policía y liberados al día siguiente. Se les impone una multa de 30 pesos. Los organizadores de la fiesta son trasladados a la prisión de 100 y Aldabó, en La Habana, acusados de enriquecimiento ilícito.
Proscritos, entre las fronteras del arte y la imitación, los transformistas cubanos desafían su sambenito reinando en las noches habaneras.

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